viernes, 14 de agosto de 2020

EL DERECHO DE APALEAR A LA ESPOSA

 



El diario La Voz de Galicia del 10 de agosto informa de la brutal agresión sufrida por una mujer en una céntrica calle de Vigo a manos de su marido: primero él la golpeó con la mano en la cabeza, después la dio varias patadas y finalmente la agarró de los brazos y la estrelló contra las rejas de un bar. Algunos transeúntes se interpusieron para detener la paliza mientras otros avisaban a la policía, que llegó rápidamente. Cuando los agentes comprobaron la coincidencia del relato de los testigos con el de la mujer, procedieron a la detención del maltratador, que les dirigió un revelador reproche: “Es mi mujer, no me puedo creer que por darle dos patadas me vayáis a detener”.

La misma noticia cuenta que, tras la detención del maltratador, su mujer admitió ante los agentes que ya la había pegado otras veces, pero que no le había denunciado por miedo a recibir más golpes.

La sincera sorpresa del maltratador revela un pensamiento que es parte  de la ideología de muchos hombres y que puede expresarse así: una mujer es una persona de categoría inferior a la del varón; es una especie de mascota con menor entendimiento, incapaz de discernir lo correcto de lo incorrecto, voluble y rebelde, como ocurre con gatos, perros y chimpancés. Aunque hay una importante diferencia entre las mascotas de cuatro patas y las esposas, y es que éstas, además de la obligación de obedecer y divertir al amo, lavan, planchan, cocinan, friegan la vajilla, pasan la aspiradora, educan hijos y proporcionan satisfacción sexual al amo.  Para muchos hombres, ante la desobediencia, está justificado aplicar un correctivo en forma de castigo corporal, pues el miedo a la repetición del castigo volverá obediente a la mujer-mascota insumisa. De ahí viene la sorpresa del maltratador de Vigo, que no puede comprender que unos policías le arresten por llevar a cabo un acto tan inocente y tan necesario como pegar un par de patadas a su mujer-mascota con la finalidad de volverla sumisa y obediente. 

¿Está muy extendida esa idea entre el sexo masculino? El elevado número de denuncias por violencia machista, que a veces acaba en asesinato, prueba que sí. Según el informe del Consejo General del Poder Judicial, en 2019 se presentaron 168.057 denuncias por violencia machista, cifra que incluye las presentadas directamente por la víctima, por familiares y por policías; el mayor número de denuncias (118.229) corresponde a un atestado policial acompañado de denuncia de la víctima y el menor número (405) corresponde a denuncias presentadas por un familiar. Son cifras que invitan a la reflexión, sobre todo por la escasa implicación de familiares, amigos, conocidos y vecinos en la denuncia del maltrato reiterado.

La excepcionalidad del maltratador de Vigo está en que verbalizó ante los policías su indignada sorpresa al verse detenido por algo que, según él, debería considerarse normal y exento de castigo: pegar a la mujer para quebrar su rebeldía, para dejar claro quién es el amo y quién la mascota. Lo habitual es que el maltratador se calle ese pensamiento, sabiendo que está desprestigiado por constantes campañas contra la violencia machista, sabiendo que, aunque hasta hace muy pocos años se consideraba normal, e incluso ejemplarizante, apalear a una mujer es actualmente un delito tipificado en el Código Penal.      

En la comedia Las que tienen que servir, proyectada con éxito en cientos de salas a mediados de los años 60 del pasado siglo, una mujer pedía ayuda a su familia ante las reiteradas palizas que recibía de su marido, pero su tío le respondía: “si fuese cualquier otro íbamos todos a por él, pero, chica, es que es tu marido y te tienes que aguantar”. Esa réplica provocaba estruendosas carcajadas del público asistente, tanto hombres como mujeres. Afortunadamente la percepción de la violencia machista ha cambiado bastante desde entonces y esa escena es hoy inadmisible en cualquier película u obra de teatro, pero el cambio de percepción alcanza solo a una parte de la población masculina, mientras que otra continúa considerando justificada la violencia contra la mujer, sobre todo si se trata de la mujer adquirida en la operación conocida como matrimonio, que para muchos varones es casi como comprar una mascota.

En la misma noticia publicada en La Voz de Galicia se relata otro caso ocurrido en la misma ciudad unas horas más tarde. Una mujer fue arrastrada por su pareja, tirando de su cabello y amenazándola con abrirle la cabeza; ante la  amenaza de la mujer de llamar a la policía, el maltratador huyó del domicilio que ambos compartían y cuando los agentes del orden llegaron, tuvieron que ir a buscarle, encontrándole con facilidad, pues solo se había alejado unas calles, esperando tal vez que los policías desistiesen de buscarle. Al igual que en el caso descrito anteriormente, una vez que el maltratador fue detenido, la mujer admitió ante los agentes que había sido golpeada por él en varias ocasiones, pero no se había atrevido a denunciarle por miedo a que aumentase la violencia.

En estas dos explosiones de violencia machista encontramos un patrón de conducta que se repite una y otra vez con pocas variaciones: violenta agresión del hombre que, ante la falta de respuesta de la víctima, continúa golpeando hasta que algo o alguien le frena, ausencia de sentimiento de culpa del agresor, que no muestra arrepentimiento ni pide perdón a la víctima y reconocimiento por parte de esta de que las palizas son reiteradas, pero que el miedo a la violencia le ha hecho guardar silencio y no denunciar.

Sin embargo, aunque el comprensible miedo a los golpes impida a muchas víctimas de violencia machista denunciar a su agresor, los gritos y los golpes con toda seguridad son escuchados por los vecinos. Los hematomas no siempre se logran disimular con maquillaje y gafas oscuras, de manera que alguna amiga, compañera de trabajo o pariente los acaba descubriendo. La presión del miedo seguramente empuja en alguna ocasión a  la víctima a desahogarse contando a una amiga o familiar de confianza lo que le ocurre. La violencia machista reiterada es imposible de ocultar por mucho tiempo, pero a pesar de ello parientes, amigos, compañeros de trabajo y vecinos  callan y evitan denunciar, tal como nos revela el dato del informe del CGPJ citado más arriba.     

El rechazo a denunciar es resultado de un mal entendido respeto a la privacidad que ha hecho mucho daño a las víctimas de violencia, un daño tan grande que a veces llega hasta la muerte, como muestra esa repetida frase de “ya sabíamos que la pegaba”, pronunciada demasiadas veces por vecinos de una asesinada por su pareja. Demasiadas veces amigos, vecinos y familiares eluden su responsabilidad refugiándose en que eso “son cosas de la pareja” y ellos no tienen derecho a entrometerse. Y ese mal entendido respeto a la privacidad es continuación de la secular consideración de la mujer como ser inferior al hombre, a la que es lícito pegar cuando desobedece. Nuestra sociedad demostrará que comienza a liberarse de ese viejo prejuicio cuando aumenten las denuncias de terceros por violencia machista.

Jorge Saura

Coordinador del Área de Violencia Contra la Mujer del Partido Feminista


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